En el 2014, Ashleigh Barty dejó el tenis. Estaba sobresaturada, quizás estresada por el hecho de que las cosas no funcionaban. Apenas figuraba en el Top 200. En el circuito individual, no iba a ningún lado. Otra cosa era su proyección en dobles. Al lado de Casey Dellacqua, había llegado a jugar 2 finales del Grand Slam.

–En aquel entonces mi vida era agobiante, siempre y en toda circunstancia viajando. No deseaba eso para mí. Era una teenager y deseaba algo más normal –contaba en estos días en la ciudad de París.

Ahora todo el planeta desea charlar con ella. Es la campeona de Roland Garros, el octavo nombre diferente en los últimos diez años. La WTA se convierte de manera permanente.

En aquel 2014, Ashleigh Barty había colgado la raqueta para dedicarse el críquet.

En aquel nuevo planeta lo hacía bien, tanto que ganaba títulos y dinero. Se transformó en una profesional del críquet. Tenía veinte años, todo le iba bien. Jugó en los Brisbane Heat, de la liga profesional australiana,y entonces subió a los Fire.

–Desde su primer adiestramiento no fallaba un golpe –contaba Andy Richards, adiestrador del equipo de Queensland.

Aquel nuevo escenario le dio alas. Había cogido aire, se había probado a sí. Estaba lista para retornar al tenis. Lo hizo como doblista, un par de años después. Ganó 3 de sus primeros 5 campeonatos y su desempeño se disparó. En el 2017 brincaba al Top 20 en las dos disciplinas, en individual y dobles. Venía del 250.

Y ahora, con 23 años, Barty ha firmado una hazaña. Lo ha hecho al imponerse en la ciudad de París, donde no ganaba una australiana desde 1973, en los tiempos de la legendaria Margaret Court.

Su actuación ha sido impecable. Arrancando como la octava cabeza de serie, se ha deshecho de Danielle Collins, Andrea Petkovic, Sofia Kenin, Madison Keys, Amanda Anisimova y, en la final, Marketa Vondrousova. A esta la ha vencido contundentemente, por 6-1 y 6-3.