Se cierra la noche como tantas veces se ha cerrado: Rafael Nadal luce dentición y la musculatura de su cuello se tensa y también procura escapar, pues ahí dentro hay un volcán que claramente explota y activa la celebración. El de España celebra su acceso a la final de la ciudad de Nueva York con saña (7-6, 6-4 y 6-1) por el hecho de que por la noche de perros que hay en el exterior de la central, techada por la inclemencia meteorológica, la acompaña un primer set infernal que entonces, paradojas de la vida, del tenis, se convierte en el trampolín cara el duelo del domingo contra el ruso Daniil Medvedev.


Nadal revienta, salta y obsequia otra cruz en el centro de la pista, victorioso y feliz por haber alcanzado su quinta final de Flushing Meadows, la tercera del año en un grande. Ganó en 2010, 2013 y 2017, y ahora entre él y la gloria solo hay un joven ruso de 23 años que viene completando un pasmante verano. Tiene Medvedev un semblante singular, tal y como si fuera de otra temporada, y asimismo malísimas pulgas. Lleva el número 5 todo el campeonato a la algarabía con la grada neoyorkina, cuyos silbidos han sido su mejor fuente de combustión. Le va la marcha y ahora enfrenta al mallorquín en un pulso que va a medir a los 2 jugadores con más triunfos este curso: 50 el moscovita, por 46 de Nadal.

Este último volvió a brindar otra velada de emociones fuertes y se elevó sobre su versión más auténtica. Cuando peor lo tuvo, en el momento crítico del partido, más se amplió. No hay ninguna persona mejor a las malas que el abalear, que llegó a estar contra las cuerdas en un primer set envenenado pues no anduvo fino en el momento de poner el nudo a las opciones de quiebre (0/6) y al final debió concluir sorteando una situación límite. Berrettini, un álamo (1,98 de altura) con una derecha de plomo, dispuso de 2 bolas de set en el tie-break tras haber salvado una, mas se consternó y acabó diluyéndose empleando el arma que tanto interés le había dado hasta ese instante.

Entregó el parcial con una ingenua dejada de revés, en el instante inapropiado y con el toque más muy inoportuno. Ya antes había torturado a Nadal con el saque, arrinconándolo al lado del muro y obligándole a quitar desde Brooklyn, cediendo muchos metros; entonces venía la dejada, todas y cada una bien acolchadas y bien elegidas hasta esa última que, realmente, fue el simple fruto del cortocircuito: Nadal volvía al partido como un torbellino y le entró el temblor, como a tantos otros. No hay tenista que sepa escapar de la jaula como el de Manacor, que se liberó y festejó el desenredo (8-6) con 3 saltitos de la rana y un serrucho de los suyos ya antes de enfilar la silla y dejar anímicamente derribado al italiano, al que no le levantaba el ánimo ni su amigo hipster del box, a grito pelado toda la noche como un tiffoso.

De pronto, toda la fuerza bárbara de Berrettini y la entereza con la que había afrontado cada estacazo se fueron por el sumidero. Mordisqueaba el romano (23 años, 25 del planeta) el marco de la raqueta pues lo había tenido ahí, cuando menos para llevarse una buena porción de dicha a casa, mas la ocasión se le difuminó. Nadal le había estudiado bien y atacó con ferocidad su revés, ternísimo aún, y desde ese fallo todo resultó considerablemente más fácil para el de España. Una ruptura en el séptimo juego de la segunda manga y otras 3 en el primero, el cuarto y el séptimo de la última redondearon la enésima exhibición de poder.

“Se hace complicado cuando no transformas ninguna ocasión de break, pues eso te produce ansiedad”, afirma frente a los cronistas, quienes le recuerdan que lo logró al décimo intento. “Sientes que eres mejor que el contrincante, mas llegas a una situación a la que no deseabas llegar. He ido ganando mi servicio de manera cómoda y ha sufrido mucho, mas al final llegamos al tie-break y eso siempre y en todo momento es un cara o bien cruz. Después, el break del segundo set me ha dado calma y el partido ha sido mejor por mi parte. En la recta final he jugado a mi mejor nivel en el torneo”.

Ni el Santurrón Padre, mas no el Papa, sino más bien Vincenzo, el adiestrador, pudo detener la furiosa reacción de Nadal. No tiene 7, sino más bien mil vidas el tirotear, o bien quizás alguna más. Llega ahora, puesto que, Medvedev, lanzado pues la de este domingo va a ser su cuarta final sucesiva. Jugó ya antes las de Washington, Montreal y Cincinnati, y la estadística solo apunta un precedente entre ambos: exactamente, este verano en Canadá. Le venció Nadal de forma apabullante (6-3 y 6-0). “El primer set ha sido un tanto frustrante”, aceptó el vencedor de 18 grandes, que por vez primera ha conseguido lograr 3 finales y una semifinal de Grand Slam; “pero estoy súper feliz de estar otra vez en la final del US Open”.


Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.
Más información De acuerdo